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Non possumus

 

A los 35 años de la "Humanae Vitae"

Per FRANCESC XICOLA

Pablo VI, el Papa de la Humanae Vitae

Es significativo que ciertos detractores del Concilio Vaticano II, aquellos que sólo ven en Pablo VI al deforestador de la liturgia tridentina o, en críticas ya manifiestamente heterodoxas, a uno de los papas que presuntamente han vendido la Iglesia al Modernismo, no sean capaces de valorar la grandeza del pontífice que tuvo el valor de publicar la Humanae Vitae, la declaración magisterial más profética y radicalmente comprometida -y comprometedora- del siglo XX. Y es así también significativo que ciertos fans del mismo concilio, aquellos que curiosamente coinciden con los antedichos en interpretar que tal venta al Modernismo se ha producido -aunque no en la medida que les hubiese gustado-, tropiecen con un escollo que parece haberles agriado el tan cacareado "aggiornamento" como un chorro de limón en un vaso de leche. Pero, como más o menos diria san Pablo, entre el escándalo de unos y el tropiezo de otros, la Iglesia se ha manifestado aquí más que nunca como "poder y sabiduría de Dios".

Dejando aparte lo que podríamos llamar, malentendiéndonos un poco, disensiones "internas" -malentendiéndonos, porque muchos de los que creen y parecen estar dentro, en realidad están fuera-, dónde el signo de contradicción se ha izado como estandarte de la mayor ocasión que vieron los siglos -bien poco por debajo de la del arrianismo-, ha sido con el Mundo exterior y -¿cómo no?- contra el Mundo precisamente con respecto a la Carne.

Quienes afirman que con semejante toma de posición la Iglesia se ha negado a entrar en la modernidad y a fastidiar cierto consensum gentiium del feliz milenio democrático, yerran con un error de perspectiva mayúsculo, porque si a algo se ha negado la Iglesia con ello, es precisamente a ser arcaica. La (in)moralidad y el ascenso de las patologías sexuales de nuestro tiempo gozan de una lamentable antigüedad. El hombre siempre ha vivido problemáticamente su sexualidad, y su ser en el mundo se ha caracterizado por una permanente no-comprensión (con extrañeza fascinada siempre, como una inquietud alarmante a veces) de su propia condición humana como condición sexuada. La palabra condición tiene además aquí también el significado de condicionante; eso es: que la pertenencia a lo humano sólo es posible a condición de ser sexuado, cosa que no sucede en cambio con la condición personal. Ser persona, ciertamente, no implica la determinación sexual, pero lo humano no es participable sin esa determinación. La sexualidad es pues una propiedad trascendental, algo coextensivo con el propio concepto de hombre, fuera de la cual no hay humanidad. Podría objetarse que sí que hay, en cambio, sexualidad fuera de lo humano, y ello es cierto sólo en sentido material, no en el que importa aquí; porque así como la digestión es algo unívoco en el hombre y en el simio, los actos sexuales no son, en el hombre, actos del hombre (como lo es la digestión), sino actos humanos, usando la distinción escolástica. Esta especificidad de la sexualidad humana es algo totalmente incomprensible para la antropologia filosófica moderna del mismo modo en que lo fue para lo que podríamos llamar antopologia intuitiva del hombre primitivo, e incluso tampoco para la gran filosofía clásica (leáse "El Banquete" de Platón). Y es así porque la completa comprensión de la sexualidad humana equivale a una igualmente completa comprensión del hombre, cosa que para la "sabiduría de este mundo" resulta ciertamente excesivo. Sólo a luz del misterio de la Encarnación del Verbo se revela el misterio del hombre, y sólo Cristo puede mostrar el hombre al propio hombre [1]. Es en esta linea, que sintetiza, por cierto, el verdadero sentido del Concilio, que cabe entender el valor de verdad de una encíclica que se ha (y nos ha) enfrentado al Mundo con la heroica soledad de lo profético, y sin excluir la deserción "interna": "durus est hic sermo" y muchos de los que iban con Él le dejaron.

Pero lo más curioso de esa invencible no-comprensión de la sexualidad humana por parte de la sabiduría del Mundo, es la sorprendente coincidencia, entre culturas y períodos muy alejadas en el tiempo y lugar, en considerar la condición sexuada del ser humano en el fondo como un defecto. El uso paulino del singular para designar la "sabiduría de este mundo" no es ninguna generalización abusiva; esa coincidencia puede rastrearse por casi todas las culturas y formaciones simbólicas de un modo más o menos explícito. Aun a riesgo de ciertas simplificaciones, cabe el derecho a afirmar que en todas las culturas se interpreta la polaridad sexual humana como un límite a superar, ya sea por las vías más exquisitamente místicas, ya por otras de talante algo más brutal. La primera puede rastrearse por todas las antropologías prerracionales expresadas en forma de espiritualidad o religiosidad arcaicas y/o de tinte mistérico como el hinduismo, el tantrismo (diestro, siniestro o ambidextro), la cábala, el neoplatonismo, el herme-tismo, la alquimia, la gnosis de todo tipo, el sufismo [ ]; de igual manera que en culturas como el Islam, en cuya vertiente exotérica y pública la tensión de la dualidad se resuelve en una defensa de la masculinidad ante la mujer en forma de patriarcado extremadamente opresivo. El consensuum gentium es de tal toxicidad que, justo es decirlo, incluso Padres de la Iglesia tan poco sospechosos como san Gregorio de Nisa llegaron a caer en el mismo pesimismo sexual de pensar que la diferenciación de sexos es efecto del pecado original, de la caída de un supuesto primer hombre, asexuado, el antropos ouranios, cuya caída es causa de la aparición del hombre terrestre, el antropos genivos, definitivamente sexuado [2] (es este un error que no ha hallado continuidad en la tradición filosófica cristiana más que en autores claramente heréticos como un Escoto Eriúgena o un Jacob Böhme). El caso es que de una forma o de otra siempre subyace el prejuicio de que la dualidad masculino-femenino es algo ontológicamente inestable y que, lejos de tener un estatuto propio, ha de ser la forma subordinada -incluso degradada- de una realidad superior en la que los opuestos se reconcilian. Esta sintetización superadora tiene su unidad de expresión -con una coincidencia de alcance histórico y geográfico verdaderamente asombroso- en el inquietante mito del andrógino; eso es: la idea de que la plenitud de lo humano es incompatible con su participación individual como varón o mujer, y la consecuencia lógica acaba siendo que la atracción entre sexos es la expresión de la tendencia a suprimir la diferencia (puesto que lo perfecto siempre mueve a lo imperfecto), con la conclusión final de que el auténtico fin de la sexualidad es la superación de la condición humana y de su conciencia desgraciada.

 

 

Humanae Vitae, la declaración doctrinal más profética del siglo XX.

No vamos a entrar aquí en el abracadabrante mundo de los procedimientos por los que el hombre ha intentado por su cuenta acceder al pleroma; de lo que se trata es de señalar que todo esto no tendría más interés que el arqueológico sino fuera por que nuestro tiempo ha recuperado ese pesimismo sexual (sutil, pero de consecuencias cataclismáticas) de modos y formas perfectamente "aggiornadas" con la interpretación del mundo y del hombre en la era de la racionalidad política y tecnológica. Y la causa de ello no es otra que la liquidación del Cristianismo como guía y configurador de la civilización occidental.

El ramplón simplismo propio de la cultura liberal y su expendeduría de migajas para la chusma han convertido en lugar común la idea de que la Iglesia católica condena el sexo (o que si no lo hace, en el fondo le gustaría hacerlo), idea que ha penetrado en los automatismos mentales populares de un modo ya irremediable. Es propio de la cultura liberal el abusar siempre de quienes tienen menos capacidad de defensa (en este caso, de defensa intelectual). Pero si esto es grave, más grave es que quienes se supone que podrían pensar un poco, participan del mismo prejuicio, aunque, eso sí, con el matiz: "no; puede que el sexo como tal no lo condene la Iglesia, pero exige que el acto sexual (conyugal, naturalmente) se realice sólo para tener hijos, lo que viene a ser lo mismo". Lo triste del asunto es que esto último se lo han llegado a creer hasta moralistas católicos serios y de alto nivel que, angustiados y perplejos ante semejante rigorismo, han llegado a legitimar meteduras de pata tales como el "abrazo reservado", no sin graves dudas y, por supuesto, mala conciencia. Digamos de una vez que la moral católica no es laxista ni tampoco rigorista, sino rigurosa; y que si ese prejuicio sociológico ha tenido alguna vez una apariencia de fundamento ha sido por el hecho de que, en la innegociabilidad de la moral sexual, la Iglesia siempre ha intuido que allí estaba especialmente en juego el último y mas radical bastión de defensa de la dignidad humana, hasta tal punto que, extremando precauciones, se ha podido llegar acierta dureza pastoral (dureza que en nuestros tiempos ha encontrado una lamentable contrapartida). Pero antes de terminar con esto, aclaremos lo del rigor. La Iglesia nunca ha negado que el acto conyugal sea un bien en sí. Cierto que tampoco ha habido nunca una declaración magisterial exclusivamente dedicada a ensalzar las excelencias del coito legitimo, pero es que tal declaración seria, sin duda, tan sorprendente como improcedente. La moral católica siempre lo ha presupuesto incluso contra el rigorismo -ese sí- de teólogos que condenaban la delectación misma. Ahora bien, que el acto conyugal sea un bien en sí, no significa que no tenga condiciones, o mejor, que no tenga la condición esencial: la de estar siempre y en cada caso abierto a la vida. Esta condición ha sido frecuentemente mal interpretada (y no siempre de buena fe) como que la intención exclusivamente reproductiva es algo así como el ideal moral de la vida sexual, y que el astuto escamoteo de los periodos fértiles es a su vez una especie de "permiso" con el que un extraño paternalismo clerical nos permite echar un casquete sin pecar. Eso es, un acto conyugal de segunda y un mal menor que hay que tolerar para que no cunda el desánimo en la tropa; digamos, el famoso "remedio de la concupiscencia". Contra esta (mala) interpretación, sutilmente intoxicada de pesimismo sexual, la Humanae Vitae insiste en la in medio virtus de no subordinar nunca la dignidad finalística de la persona humana a ser un medio para un fin, ya sea un fin hedonista o meramente reproductivo [3]. Porque la apertura a la vida es lo que se exige; no menos que eso, pero tampoco más. Sólo la moral católica ha sido, es y será capaz de entender a qué altura ha puesto Dios al hombre, primero al crearlo y después al encarnarse para redimirlo, y sólo la Iglesia, en solitario -digámoslo para los aficionados a discernir signos de los tiempos- va a defender esa posición. Porque el nihilismo sexual está tan enquistado en la sabiduría de este mundo que, lejos de haber sido superado, en nuestro tiempo está mostrando un resurgimiento alarmante.

Es otro lugar común de nuestra época el ejuiciarla como una época dominada por el "materialismo" y el "hedonismo", términos tan peyorativos como imprecisos que en un entorno cultural cristiano -y no digamos ya el tradicionalmente católico, y escolástico, como es el hispánico- permiten que "ya nos entendamos" estableciendo la vaga equivalencia entre "materialismo" y algo así como un desinterés, consciente o no, por "lo espiritual" (que para la mentalidad católica corriente es sinónimo de "lo religioso" o incluso simplemente "lo moral"); análogamente el "hedonismo" viene a significar el siempre iconográficamente porcino engolfamiento en la gula, la lujuria y la pereza, o sea, un descenso en dirección opuesta al "nobler in the mind". Pues bien, después de la estrepitosa quiebra cultural por la cual el Cristianismo ha dejado de guiar y configurar el alma de Occidente, hemos podido comprobar lo inexacto de esas equivalencias. El descubrimiento de ciertas místicas, el retorno de ciertos brujos y el resurgir de ciertos atavismos "más originarios", han hecho que podamos considerar nuestro tiempo como el momento de mayor eclosión de "lo espiritual" que haya habido nunca. Y ello vale incluso para el ámbito de lo profano. Nunca los medios de dominación política han sido tan intangibles; ni la conducta individual y sobre todo grupal ha respondido a procedimientos de introyección ideologica tan poco coactivos "materialmente" hablando, gracias a la culpabilización (concepto espiritual donde los haya) de la disidencia intelectual, moral o incluso estética -estar gordo o fumar pueden ser verdaderos obstáculos de adaptación social-; ni el trilema jacobino se ha detenido en lo meramente humano, repartiendo dignidad y derechos hasta para los animales, que pronto seran incluidos en la declaración de unos próximos Nuevos Derechos Humanos, no escapando tampoco el Derecho al proceso de abstracción y universalización que desprecia lo empírico (eso es, lo materialmente real) afirmado por el "materialista" sentido común.

Pero es en la ética sexual postmoderna donde la victoria del espíritu sobre la vulgaridad hedonista muestra su lado más pavoroso. No estamos asistiendo a un remedo del tan insistido hedonismo; y cabria decir que no lo es desgraciadamente, porque eso por lo menos la conciencia lo detecta con facilidad. Con lo en que en realidad tenemos que habérnoslas ahora es con una reinterpretación de lo sexual no desde un biologismo decimonónico y su destino evolutivo de la especie, o un psicologismo freudiano con su "principio del placer", como tampoco con una reconsideración moral más o menos enfrentada al iusnaturalismo racional-escolástico. Esta vez a lo que nos enfrentamos es a una nueva espiritualidad, o mejor a una espiritualidad antiquísima, tan antigua como la ilusión humana de autorredención. Porque la actitud anticonceptiva está demostrando no conformarse con un mero utilitarismo irresponsable; ni pretender la legitimación de un terror antipoblacionista que la misma OMS (nada menos) hace poco ha reconocido como infundado; incluso podriamos decir que la actitud anticoncepcionista va más allá de la conocida claustrofobia gnóstica de encerrar "chispas divinas" en este mundo de tinieblas. El deseo más profundo que rebulle en la voluntad de aislar la sexualidad de la fecundación no es otro que el deseo de convertir el sexo en una instancia lo más desvinculada posible de la vida natural -del orden natural mismo- del ser humano para convertirse en un medio -completo en sí mismo- sobre-natural de liberación y, como machaconamente insiste el lenguaje de la New Age, de superación, de armonización, de transformación... en definitiva un medio sacral de (auto) salvación.

El mito del andrógino, ideal de "nueva conciencia" del New Age.

No tiene nada de extraño que la New Age haya vuelto a poner en circulación el tema del andrógino como ideal de "nueva conciencia" y "modo doble de ser y existir" característico de todo hombre y toda mujer que aspiren a "transformar la conducta interpersonal". Así al también mito alquímico del homúnculo, cumplido actualmente como la posibilidad de producción industrial de la materia prima hombre [4] por la ingeniería genética y fecundación artificial, corresponde el descubrimiento del sexo como algo completamente heterogéneo con la vida humana, eso es, como una realidad autónoma cuya evocación pretende tener un efecto sacramental [5]. Basta con apuntar la existencia de toda una tradición consolidada en el Oriente, la India y China, y de toda una extensa literatura en este sentido que refrendan la realidad de esta interpretación [6]. Pero es en Occidente donde el ideal tántrico ha cristalizado como sexología oficial de la modernidad. No tal vez de forma explícita, pues como toda gnosis, el tantrismo es complejamente iniciático, ritual, así como sobre todo elitista y minoritario, pero no puede negarse la subproducción de una versión para las masas -repetimos lo de la cultura liberal- que, aunque sea bajo aspecto utilitario-hedonista, participa de la misma base ideológica.

Ya en la Edad Media europea, precisamente en lugares y momentos de crisis religiosa como el periodo albigense, podemos detectar un "descubrimiento" de esas aspiraciones, aunque ciertamente mitigadas y culturalmente asimiladas, como el dualismo erótico del amor cortés o en la sublimación teológica del tema de Beatriz en Dante, siempre tan controvertido. Aun así, la presión del cristianismo oficial refrenó el peligro del des-control y aseguró la prevalencia de la recta doctrina en un tiempo en que todavía era posible imponerla. Sin embargo seria desacertado no ver que incluso en las mayores aberraciones humanas siempre hay un destello de verdad. Ni siquiera a través del mal, el hombre o el diablo pueden privar a Dios del monopolio de la originalidad absoluta, y deben resignarse, en cierta manera, a usar la verdad aunque sea para corromperla. Porque la sexualidad humana puede llegar a expresar, de manera primerísima, la dimensión espiritual del hombre. Lo erótico puede ser contemplativo si no se pretende canalizar, sublimar ni transmutar el deseo sexual en "otra cosa más elevada" y entrar en un juego de compensaciones que no consiguen superar el plano de la subjetividad y falsificar la ascesis convirtiéndola en lo que Nietzsche llamaba "forma sagrada de libertinaje". Lo objetivo, lo que hace de la experiencia sexual un acto de amor real no es el uso del otro, sino la unión del hombre y la mujer en la que ambos aportan sus subjetividades como partes potenciales, no actuales, de un bien común que los trasciende y asume, y en el que se integran [7] obediencialmente. Y la apertura a la vida -a la vida humana- es exactamente la disposición misma por la cual la unión de los esposos se expresa como potencia obediencial, una disposición no apropiante, sino oferente, y por tanto apta para el don del amor (el bien común por excelencia) que los une teologalmente.

Decía Spengler que el hombre de campo ve a su mujer como la madre de sus hijos, mientras que el de ciudad ve en su mujer a una amante. Son dos extremos donde el primero puede pecar de un primitivo, aunque más natural, utilitarismo procreativo, mientras el segundo peca por su parte de utilitarismo hedonista. La pregunta es qué diría Spengler del hombre postmoderno, una verdadera evolución homogénea de este segundo, que ha llegado a sacralizar el sexo. Porque hipostasiar el sexo es el primer paso en la utopía androgínica de suprimirlo; el colmo del odio contra la creación divina, por parte de un mal imitador que quiere remedar el hombre a imagen y semejanza de su propia y asexuada naturaleza de ángel... caído. Desexualizar a la persona humana -"antes que hombres o mujeres, somos personas", dicen los voceros del pensamiento correcto [8]- no es otra cosa que la culminación del proceso de despersonalizar el sexo. Culminación en la que todas las fuerzas técnicas e ideológicas de la civilización están empeñadas. Y si se nos permite una pequeña humorada cabria decir: ¿Todas? No. Un pequeño resto resiste ahora y siempre al invasor. Los aficionados a la épica resistencialista tipo Numncia, El Álamo o el sitio de Zaragoza, deberían saber apreciar lo excepcional del momento histórico en que la Iglesia está completamente sola en la defensa de la verdad sobre el hombre; una defensa de la que no puede abdicar, no porque no quiera o porque tenga ganas de cargar con la cruz de un odio y una incomprensión también globalizados, sino simplemente porque no puede; Dios no le deja hacerlo; seria un imposible teológico vanamente esperado por quienes creen que la moral sexual es una cuestión opinable. La segunda mitad del siglo XX ha consumado la derrota sociológica de la Iglesia católica y seria doloroso extendernos acerca de los "éxitos" en el diálogo con el mundo, la cultura, la ciencia, el arte, la política o el ecumenismo. Ha sido un tiempo de cesiones, concesiones e incluso gestos de, como mínimo, dudoso buen gusto. Pero precisamente en momentos así es cuando se cumple la paradoja paulina de la debilidad y la fuerza. Hay un punto a partir del cual las cosas dejan de estar en manos de la prudencia, o imprudencia, humana. Y cuando se trata de ceder en lo esencial, como diria nuestro querido Benedicto XIII, simplemente non possumus.

 

[1] Gaudium et spes, 22.

[2] Cf. ; pag.154. BAC

[3] Cf. K.Wojtyla Amor y resposabilidad. La teología del cuerpo de Juan Pablo II se levanta sobre la premisa mayor de que la persona es un fin con respecto al cual sólo el amor constituye la actitud adecuada. Frente a falsificaciones antropológicas heredadas del racionalismo (cf Platón o Descartes) que hacen del cuerpo una realidad "añadida", en cosificada relación de propiedad con el sujeto, la antropología católica parte de presupuestos muy distintos. Esto es, que el cuerpo participa de la dignidad finalística de la persona, en la que se integra como en un todo.

[4] Siendo el hombre la más importante de las materias primas puede esperarse que un día, basándonos en las investigaciones de los químicos contemporáneos, se edificarán fábricas para la producción artificial de esta materia prima. Los trabajos del químico Kuhn (...) abren ya la posibilidad de organizar y regular, según necesidades, la producción de seres vivientes machos y hembras. Al dirigismo literario en el sector 'cultura' responde en buena lógica el dirigismo en materia de fecundación. Que una gazmoñeria no se oculte detrás de distinciones que ya no existen. M.Heidegger Superación de la metafísica.

Es conocido el pasaje de Fausto donde mefistófeles, preguntando por el homúnculo alquímico halla la respuesta de: Esa moda ya pasada de engendrar [mediante el coito], nos parece vana y necia. El tierno punto en que surgía vida, la dulce fuerza, desde el interior, captando algo inmediato, y luego extraño, eso, ha perdido ya su dignidad. Que al animal le siga divirtiendo, pero al hombre, de dotes tan sublimes, un día ha de tener más alto origen. Goethe lo escribió en 1831.

[5] En las prácticas tántricas la retención del semen es una condición ineludible para que la involución de fuerzas psicofísicas permita un cambio de dirección que lleva a un supuesto éxtasis verdaderamente místico. Aquí sí valen aquellas palabras con que se suele descalificar la moral (también la sexual) católica: Todos los instintos que no descargan su excitación hacia fuera, se vuelven hacia dentro. Esto es a lo que yo llamo la interiorización del hombre: mediante este fenómeno empieza a desarrollarse en el hombre aquello que más tarde se llamará su "alma". (Nietzsche; Genealogia de la moral II,16.)

[6] la bibliografía clásica de textos taoístas, budistas y, sobre todo, hinduistas, es inabarcable; la erudición necesaria para dar una noticia o selección de esta bibliografía, aunque sólo sea aproximada, está fuera de mi alcance. Baste señalar como guía en este campo al siempre solvente Mircea Eliade (v. El yoga, inmortalidad y eternidad, La alquimia asiática, entre muchos otros), y la Metafísica del sexo de Julius Evola como fuente de citas de la bibliografía señalada. Respecto de este último cabe advertir que desde el punto de vista moral es gravemente desaconsejable y que en buena medida el presente artículo se ha escrito en contra de sus tesis, que considero aberrantes.

[7] K.Wojtyla lo dice con envidiable claridad: "el amor no esta ni en la mujer ni en el hombre -porque en tal caso, en el fondo, habría dos amores-, sino que es único, que es algo que les ata. Numérica y psicológicamente hay dos amores, pero esos dos hechos psicológicos distintos se unen y crean un todo objetivo, en cierto modo un solo ser en que dos personas están internadas, o, tal vez mejor, integradas" (el subrayado es del autor). Op.cit.; cap.2ª, I, 4.

[8] El nuevo sentido del concepto de persona desarrollado en la modernidad y la postmodernidad es una cuestión nada simple. Baste señalar que en el fondo se trata de una regresión al concepto precristiano de persona como categoría administrativa de derecho civil greco-romano, donde persona equivale a ciudadano, contra la elevación cristiana de persona a categoría antropológica, eso es, como dignidad extensible a toda individua substantia, rationalis naturae y, por tanto, a todo hombre. Si fundamental es la definición de Boecio, la deuda de Occidente con el pensamiento de san Agustín para esta cuestión es incommensurable.

 

 

 
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